Hace ya tiempo que muchos artistas, atendiendo a lo pragmático, piensan en sí mismos y en su biografía como en productos comerciales. Es difícil calcular en cada caso el grado de autoconciencia y valorar esa manipulación de la propia imagen o diseño de la autobiografía. "Mi reputación... ¡Mi re-pú-ta-ción!, dice el bobo. ¿No es el triste esfuerzo que estoy obligado a hacer para imitar la imagen falsa que ustedes se hacen de mí?” (Paul Valéry, Tel quel). La fama del artista vive de las anécdotas que se cuentan de él. “Que hablen de mí, aunque sea bien”, decía Dalí, dándole la vuelta al dicho. Sabemos que el gran barullo actual entre arte y publicidad (tan incómodo para la estética y la teoría del arte) se lo debemos en gran medida a él, vía Warhol. Antes los artistas hacían de publicitarios de sus mecenas (Miguel Ángel del Papa Julio II es el ejemplo típico). Hoy en día los mecenas multimillonarios son los propios publicistas, que orquestan el lanzamiento de sus nuevos talentos y, si hace falta, se inventan su leyenda (Saatchi la de los “jóvenes” artistas británicos). Y algunos artistas inteligentes ya han aprendido mucho de esos mecanismos del mercado artístico y la publicidad. En la Bienal de Venecia del 93, Maurizio Cattelan presentó «Lavorare è un brutto mestiere», obra que consistía en vender a una agencia de publicidad su espacio expositivo.

Obra de Maurizio Cattelan.
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